Historia de la Colonia

El paraje se llamaba, hasta la construcción de la Colonia Agrícola, los “Prados de Santa Eulalia”…

Aunque en la wikipedia hay un artículo muy completo sobre La Colonia Santa Eulalia, preferimos que conozcáis la historia de la colonia en boca de Vicente Vázquez Hernández, cronista oficial de Sax y que publicó este interesante artículo “La Colonia de Santa Eulalia, una joya arquitectónica por descubrir” en la revisita ECOECO:

El paraje se llamaba, hasta la construcción de la Colonia Agrícola, los “Prados de Santa Eulalia”. En dicho lugar Sax celebra todos los años, desde tiempo inmemorial, una romería que tiene como origen la conmemoración de una milagrosa batalla que se libró entre moros y cristianos, capitaneados éstos (según la tradición oral y documental sajeña) por el noble catalán Berenguer de Entenza, a quien la patrona de Barcelona auxilió para vencer a los sarracenos, y en cuyo honor mandó edificar una ermita en el mismo lugar. Para conmemorar este suceso, desde que la villa de Sax pasó a manos cristianas hacia 1240, nombró patrona a Santa Eulalia, y se hicieron votos de celebrar una fiesta todos los años, pagada de los propios del Ayuntamiento, fiesta que se ha seguido celebrando hasta la actualidad, además de acudir a este paraje otro día festivo: el lunes de Pascua, conocido popularmente en Sax como “el día de la Colonia”, y donde es tradición merendar la mona de Pascua en el cerro del Cuco, junto a la Colonia de Santa Eulalia, que recobra esa tarde el bullicio y la animación de antaño.

 

La hacienda de Santa Eulalia fue declarada Colonia Agrícola de 1ª clase el 1 de julio de 1887, con todos los beneficios y prerrogativas que concedió la ley de 3 de junio de 1868, que buscaba corregir los graves desequilibrios territoriales, económicos y demográficos provocando la recuperación y explotación de territorios abandonados. Las tierras eran propiedad de D. Antonio de Padua Saavedra y Rodríguez de Guerra, IX Conde de la Alcudia y XII Conde de Gestalgar (1858-1925), casado en 1878 con Dª María de la Concepción Fontes y Sánchez de Teruel, el impulsor y promotor del proyecto en su primera etapa, hasta 1900, cuando se asoció con su primo segundo (sus abuelas eran las hermanas Díaz de Reguero), el ingeniero agrónomo D. Mariano de Bertodano y Roncalí, Vizconde de Alcira, casado con Dª María de la Concepción Avial Peña, hija de un rico indiano de Cuba, que según la tradición oral la había dotado con 18 millones de pesetas cuando se casó, en 1892, recibiendo uno por año cumplido.

 

Esta pareja aportó el dinero necesario para el desarrollo de la empresa, siendo gerente de la razón social Saavedra y Bertodano el Conde de la Alcudia. La sociedad tenía como fin el cultivo, recolección y posterior elaboración industrial de los productos agrícolas que, de este modo, saldrían ya listos para su posterior comercialización, aprovechando su inmejorable situación geográfica, cerca de las principales vías de comunicación entre Madrid-Alicante, tanto por carretera como por ferrocarril, donde disponía de estación propia. La finca tenía una superficie de 138 hectáreas, plantadas de vides, olivos, almendros y arroz (en los extensos marjales hoy completamente secos del paraje villenense del Carrizal).

El cultivo de la viña para la elaboración y exportación del vino (sobre todo a Francia, cuyos viñedos fueron destruidos por la filoxera a partir de la década de 1860), fue una de las principales apuestas de la recién fundada Colonia Agrícola, pues era la principal fuente de riqueza de toda la comarca y origen de las grandes fortunas de los terratenientes locales. De ahí la gran bodega que se construyó, y la fábrica de alcoholes y coñac (coñac Santa Eulalia).

En estos mismos años cabe situar el surgimiento de numerosas experiencias similares en Cataluña: las colonias industriales (desarrolladas en Europa occidental desde mediados del siglo XIX), pues en la segunda mitad del citado siglo se levantaron más de setenta colonias industriales en torno a los ríos Ter y Llobregat, buscando aprovechar la energía hidráulica necesaria para mover los telares. Aunque diferentes, las colonias compartían un mismo esquema urbanístico: un espacio productivo, las fábricas, y otro doméstico, donde los trabajadores viven y cuentan con los servicios como escuela, café, teatro, economato, dispensario médico, etc.; y en el punto más alto, la torre del propietario, donde residía durante sus visitas semanales o en verano. Tras su declive en la segunda mitad del siglo veinte, en la actualidad se están recuperando muchas de las colonias catalanas mediante una rehabilitación integral con el objeto de dinamizar la economía comarcal, atrayendo visitantes interesados en conocer la arqueología industrial de estos peculiares enclaves; idea que también ha sido propuesta para la Colonia de Santa Eulalia, pero sin resultados prácticos hasta ahora.

Este modelo es en el que se inspiró el Conde la Alcudia para crear la Colonia de Santa Eulalia, pues según su bisnieta, Dª Pilar Mares Saavedra, por esas fechas el Conde realizaba frecuentes visitas a Barcelona, donde residía su amigo y correligionario carlista, D. Manuel María de Llanza y Pignatelli de Aragón, Duque de Solferino y de Monteleón. En estos viajes pudo contemplar el desarrollo y construcción de las colonias textiles que se estaban creando en la cuenca del río Llobregat. Los lazos de amistad entre el Conde de la Alcudia y el Duque de Solferino se estrecharon años después cuando el primogénito del Conde, Antonio de Padua Saavedra y Fontes, se casó, en 1915, con Concepción de Llanza y Bobadilla, hija menor del Duque de Solferino.

Por esos años finales del siglo XIX, el Conde solicitó una línea telefónica y en 1896 pidió autorización para colocar una rueda hidráulica en el cauce del río Vinalopó, cuya agua hizo que en la Colonia de Santa Eulalia se (re)crease un “oasis” en el que pudo germinar la consecución de un ambiente sano e higiénico para el trabajo y bello para el ocio, donde se conjugaban las ventajas de vivir y trabajar (en el campo y en la industria) en plena naturaleza. Se obraron muros para sostén de las tierras, alineando caminos, levantando casas para campesinos y obreros, con sus calles y plazas, construyendo fábricas de harinas y alcohol, carpinterías, tonelerías, bodegas, lagares, almazaras, administración de correos y telégrafos, tienda y hospedería; pues todo el proyecto presenta un carácter autosuficiente. Pero también una mansión señorial, jardines, teatro, reconstruyeron la ermita de Santa Eulalia (1891), destacando el correcto trazado urbanístico, que incluye dotaciones de zonas verdes adornadas con estanques, y cuidados jardines con grupos escultóricos, en uno de los cuales se hallaba un lago artificial, con isla y pagoda de sabor romántico. La planta urbana se distribuye en torno a dos grandes plazas: la de Santa Eulalia, en la que se contraponen el poder terrenal (el palacio) y el divino (la ermita de Santa Eulalia); y la de San Antonio, donde destaca la fábrica de harinas. Veredas flanqueadas de árboles umbrosos ascendían hasta una loma cercana, donde se erguía, dominando el entonces ubérrimo paisaje, un recoleto cenador acristalado.

 

El trazado presenta una constante: es una creación ex-novo, destinada a albergar y aglutinar en un espacio definido y compacto a una comunidad restringida de individuos en un asentamiento distanciado de los núcleos urbanos más cercanos, por lo que el trazado presenta una vocación de autosuficiencia. La dotación urbana de zonas verdes, presencia de centro escolar y espacio dedicado al entretenimiento es ejemplo de ello. Creada por una aristocracia terrateniente, cercana a la burguesía liberal, en la Colonia se aglutinan elementos de apego a la posesión y explotación de la tierra (fisiocracia) como símbolo de status social elevado, paternalismo filantrópico de corte católico, idealización del medio natural basado en Rousseau y la concepción del trabajo en el campo y la industria como elementos reformadores, educadores, moralizantes y rentables económicamente: (“Querer es poder” es el lema de la sociedad que funda y explota la Colonia de Santa Eulalia, cuya plasmación arquitectónica debe mostrar a habitantes y visitantes un reflejo del nivel de prosperidad de la explotación, cimentada ideológicamente en la búsqueda de la higiene y la belleza, cuya máxima expresión sería el palacio, de aire modernista, fruto de la época, que empezó a construirse en 1898. En el centro de la fachada principal, en su parte superior, se encuentra el principal elemento decorativo del palacio.

 

Se trata de un relieve inscrito en un frontón semicircular. Hay esculpidos objetos alegóricos a la agricultura y a la industria y figuras humanas, separadas por un ángel con las alas extendidas, que simbolizan los dos sectores económicos existentes, llamando la atención la diferente actitud de ambas actividades, pues a la izquierda de la figura central, dos figuras masculinas, desnudas y en actitud desafiante, remiten a la industria; a la derecha, en cambio, otras dos figuras masculinas desnudas, la primera en cuclillas y la segunda inclinada sobre ésta, miran la tierra en actitud humillada, afanándose en la siega y recogida de la cosecha. Esta mansión, con doce habitaciones, salón, despacho, biblioteca, etc., algunas de estas piezas decoradas con azulejos, o pintadas con amorcillos sobre guirnaldas de flores, se fusionaba en sus tiempos de esplendor con unos cuidados jardines, adornados con esculturas de modelos clásicos. A ambos lados de la puerta principal, adosados a la pared, se encuentran dos escudos nobiliarios enmarcados por un águila, las armas de los Saavedra. El teatro Cervantes, donde actuaron los divos más importantes de la zarzuela de la época, todavía conserva reliquias de su antiguo esplendor, como las pinturas que lo decoran, con hermosas vistas de la Colonia en sus momentos de mayor apogeo y retratos de los principales músicos y dramaturgos de la época, además de reproducir sobre el escenario el frontón escultórico del palacio.

Aunque hoy día las viviendas de los colonos nos parezcan modestas, para su época presentaban unas buenas condiciones de higiene, ventilación y habitabilidad, pues, según Baeza Server, la experiencia de la Colonia de Santa Eulalia se adelanta a su tiempo veinte años, el desarrollar los preceptos que en los años veinte del siglo pasado se promulgaron desde la tratadística agrónoma, la arquitectura y la legislación, y con treinta años respecto a los estudios de la vivienda mínima (Frankfurt, 1929) y, sin embargo, no conocemos al autor del proyecto arquitectónico de la Colonia, ni sabemos su formación e influencias.

La sociedad explotadora acabó denominándose “La Unión”, y giraba bajo la razón social Saavedra y Bertodano, pasando la propiedad de la Colonia a Dª María Avial y Peña en 1904, pues había sido comprada con el dinero de su dote en 1900, cuando se constituyó dicha sociedad, que entró en crisis en 1907, al ser embargada, coincidiendo con el inicio del proceso por adulterio contra Dª María Avial y Peña y D. Antonio de Padua Saavedra y Rodríguez de Guerra. Tras el posterior divorcio de la primera en 1908, la propiedad de la Colonia pasó a manos de Dª María Avial y Peña, y así aparece en los padrones municipales posteriores a 1910, mientras que el Conde de la Alcudia figura como empleado.

La propiedad de estas tierras, conocidas antes como “Hacienda Santa Eulalia”, pertenecía ya en 1840 al VII conde de la Alcudia, quien se casó en segundas y terceras nupcias con las hermanas Sinforosa y Josefina Frígola y Mercader, y es este último apellido, Mercader, quien aporta entre sus posesiones las tierras de la “Hacienda Santa Eulalia”, pues en 1756, en el Catastro deEnsenada, aparece el siguiente propietario forastero de tierras en Sax: “Don Pedro Mercader, vecino de Valencia: Una casa alta en el sitio de Santa Eulalia”. Un miembro de la noble familia Mercader de la ciudad de Valencia, Don Vicente Mercader, era en 1655 propietario de las tierras de la actual Colonia de Santa Eulalia, como heredero que era de los mayorazgos del capitán Don Pedro Rodríguez de Navarra, Alférez Mayor de Villena. A la vista de estos antecedentes, podemos deducir que se trata de una gran propiedad rústica que se ha mantenido intacta (o se ha incrementado con los siglos) desde la Edad Media, tal vez desde el mismo momento de su repartimiento tras la conquista cristiana mediado el siglo XIII.

 

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